reflexiones
La luz en el alma
9 de junio de 2026 · Por Rodrigo Ojeda · 3 min
El propósito de este escrito es animar al lector a buscar el conocimiento y el bien. Argumentaré que la luz es provechosa en la medida en que revela lo existente, otorgando al ser humano la capacidad de distinguirlo para no tropezar. Por el contrario, la oscuridad oculta la realidad, nos impide discernir y hace que nos enredemos y tropecemos en el mundo.
Durante el día, la luz solar ilumina una parte de la Tierra mientras la oscuridad reina en la opuesta. Sin embargo, la luna refleja un poco de esa claridad, logrando que la luz, ya sea intensa o tenue, permanezca en todo el mundo. De la misma manera, el hombre debe procurar que la luz habite en él y lo ilumine en todo momento.
Así como en la noche encendemos bombillas para iluminar nuestro entorno y compensar la penumbra, a nivel del alma también debemos encender nuestras propias lámparas. Necesitamos acercarnos a esos faros que nos ayudan a descifrar la vida y sus realidades. Sin esta claridad andamos a ciegas, como quien apaga el interruptor en su habitación y choca con los muebles; pero que, al encenderlo, percibe todo sin lastimarse.
Nos encontramos, pues, en el medio de dos realidades: la luz a un lado y la oscuridad al otro. Nuestra misión es permanecer en la luz para percibir el mundo tal cual es. Esto nos permite ser ágiles, ligeros y acertar en cada paso; como quien camina por un sendero accidentado, pero con la iluminación suficiente para no enredar los pies, a diferencia de aquel que, sumido en la ceguera, tropieza y es derribado por los obstáculos del camino.
La luz más fácil de aprovechar es la natural, aquella que captan los ojos y revela el mundo tangible; basta con abrir la mirada o encender un interruptor para disfrutarla. La luz más compleja de percibir es la del intelecto y el alma, pues requiere buscarla y hacer un esfuerzo sostenido para permanecer en ella. Esta iluminación puede hallarse en un libro, en el estudio, en una idea, en un buen consejo, en la meditación o en la oración. Es decir, puede provenir del exterior o del interior. No obstante, dado que el hombre debe permanecer iluminado en todo momento, la luz más propicia es la que brota de sí mismo: la que surge de la reflexión y la investigación.
Estas prácticas conducen al conocimiento y a la comprensión de la vida, ayudando a tomar decisiones acertadas. Quien se mantiene conectado a estas fuentes interiores se asemeja al viajero que enciende una lámpara en la noche para guiar sus pasos. Con ella adquiere la capacidad de distinguir mejor la realidad y de regir sus acciones con sabiduría, logrando mayor asertividad en sus decisiones, conductas y en su forma de relacionarse con el mundo.