reflexiones

Lo que sale del corazón

15 de agosto de 2026 · Por Dora Zuluaga · 3 min

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Reflexión sobre el origen del odio y las relaciones sociales

¿No sabéis que todo lo que entra por la boca va al vientre y termina en el retrete? Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que mancha al hombre.

Cuando entendamos esta máxima, quizás el odio deje de estar camuflado en un grupo o una identidad determinada como lo es actualmente y ¿por qué lo creo así? Porque el odio sale de lo que la persona alberga en su corazón y que transmite al mundo, pues está puede pertenecer a un colectivo “propagador de odio”, pero es la persona y lo que habita en su interior si decide odiar o no.

Ahora bien, se sabe que quien odia tiene un corazón estropeado pues está enceguecido, es demente, y está desprovisto de la razón, mas no del arrebato, es incapaz de entender al odiado con su historia y su experiencia, y esa ignorancia lo esclaviza a su perentoria equivocación no comprendida como tal, sino como su justa razón, que lo inhibe para autoanalizarse y entender la necedad de sus movimientos interiores.

El punto álgido llega cuando el corazón de quien es objeto del odio queda a prueba a partir de su reacción: si responde igual o peor, si respira, entiende y decide hacerse dueño de su naturaleza, y se pone en los zapatos del odiador, intenta comprender su contexto y experiencia que lo enceguecen; y elige detener el odio en vez de propagarlo. Se puede pensar que no es justo que la salida o solución dependa de quien carga con el odio, por eso es una perspectiva definitivamente heroica, porque es la única a mi modo de ver la que detiene el odio, porque la otra salida, la más fácil pero genera más odio y división.

En el plano político, el odio lo venden como propio de tal o cual grupo, —lo cual ha sido aprovechado de una manera magistral —, para enemistar patriota contra inmigrante, blanco contra negro, lgbt contra religiosos, rico contra pobre. Y así se llega a una visión tan reduccionista y moralista de la realidad, al punto de encasillar a las personas en etiquetas que representan el nivel de odio; despojando así a la persona de su individualidad, de su responsabilidad en cuanto a sus pensamientos y sentimientos, y es ahí, cuando se les olvida que es lo que sale del corazón lo que daña, y no la pertenencia al grupo lo que daña al hombre.

Por ello, me resisto a seguirle el juego a quienes argumentan que el odio es propio de un grupo: si eres blanco odias a los negros, si eres de derecha odias a los inmigrantes y a los pobres, si eres creyente odias la diversidad, si votas por tal eres fascista, si votas por cual eres comunista. No podemos naturalizar los discursos que abanderan unas causas y que quienes las sigan ya son etiquetados de una u otra forma, porque este mundo no es de blanco y negro, sino de matices, y sobre todo es de lo que sale del corazón de cada persona.

Y mientras no seamos capaces de comprender esta enseñanza milenaria: lo que sale del corazón es lo que daña al hombre, difícilmente se detendrá el odio que hoy se ha esparcido por el mundo.