reflexiones

La condición humana

4 de julio de 2026 · Por Luis Sendoya · 4 min

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La caracola contra el miedo: lo que El Señor de las Moscas revela sobre nosotros.

El ser humano tiene una capacidad asombrosa para dar lo mejor de sí cuando se lo propone, y una capacidad equivalente para causar sufrimiento cuando le da la espalda a la razón y a la ética. Esa contradicción me lleva a El Señor de las Moscas, de William Golding. Recuerdo que al leerlo me sentí dentro de una pesadilla: la trama me sacudió desde el principio —unos niños náufragos en una isla tras un accidente aéreo, en plena guerra, intentando sobrevivir—. La novela desnuda al monstruo que cargamos dentro, ese que aflora cuando las reglas se redefinen y la supervivencia desplaza a la moral. Porque cuando estás entre la vida y la muerte, las decisiones cambian. Para mí, la tesis del libro es esa: la maldad es natural, y es la sociedad la que se esfuerza por contenerla.

No quiero hacer spoiler para que disfruten del libro. Pero sí necesito señalar las actitudes que encarnan sus personajes. En una isla remota se libra la batalla más importante: la supervivencia de un grupo de niños ingleses. La opción obvia para todos es que los rescaten cuanto antes; con el paso de los días, esa esperanza se va trocando en miedo.

En la historia se enfrentan dos modelos antagónicos, encarnados en Ralph y Jack. Dos niños que cargan, sobre sus hombros pequeños, prioridades distintas y formas opuestas de tomar decisiones y de ejercer el poder. Ralph representa lo democrático, lo institucional, lo pragmático. ¿Por qué? Porque es él quien insiste en mantener la hoguera encendida para que los vean, quien convoca a las asambleas valiéndose de un objeto que las articula: la caracola. Ese símbolo garantiza la palabra de cada niño, la deliberación. Las asambleas existen para organizarse, para no perder el norte del rescate, para decidir en común a medida que aparecen más niños en escena. Pero el proyecto de Ralph se va desgastando. Poco a poco, los demás dejan de creer; el miedo los aleja y la ilusión del rescate se extingue.

Jack, en cambio, encarna el autoritarismo. Es él quien, con sus habilidades de cazador, provee la carne, la seguridad y el sentido de pertenencia a un grupo. No cree en el rescate; le importa lo esencial, lo inmediato, lo que se puede tocar. Desdeña la caracola y las asambleas. Es el hombre todopoderoso que toma decisiones por encima de cualquier consenso, incluso por encima de sí mismo. Usa el miedo como anzuelo para atraer a más niños, cohesionar su tribu y justificar su autoridad. No voy a desarrollar el papel de Piggy, Simón y Roger, porque ustedes como lectores merecen descubrir esa obra maestra por su cuenta.

Si nos remontamos a Hobbes, la guerra tiene origen en la naturaleza egoísta del ser humano: en esa tendencia a la autoconservación, al deseo incesante, a la lucha por el poder. La maldad del hombre, según él, solo puede evitarse si existe un poder superior que la contenga. De ahí su idea de que los seres humanos debemos ceder parte de nuestro derecho natural para garantizar la paz, la seguridad y el bienestar económico. ¿Y qué tiene que ver esto con la historia de Golding? Hacia el desenlace, un terror se expande entre los niños: la creencia generalizada de que hay un monstruo en la isla, el llamado señor de las moscas, que se revela en el capítulo 9. Jack se sirve de esa criatura para sus propios intereses. La utilización del miedo no es ajena a nuestro tiempo: vivimos en una sociedad de individuos que se desgastan en frivolidades y se dejan seducir por fake news y tendencias. Aunque la novela se publicó en 1954, su trasfondo está más vigente que nunca. Hoy, el pacto social que emana de la Constitución debe protegerse para no caer en la sinrazón.