reflexiones
A propósito de El juego de la vida
23 de mayo de 2026 · Por Dora Zuluaga
Qué forma de retratar la pobreza con tanta precisión y sin condescendencia. Y qué forma tan poderosa de hacerlo: a través del tiempo y de las decisiones, en un país donde salir de la pobreza es un reto titánico para generaciones enteras.
La pobreza es una constante en la cotidianidad de millones de colombianos: las oportunidades apenas se entrevén y la prosperidad parece reservada para un grupo selecto de afortunados. Y el director deja claro que no se trata de falta de esfuerzo. Estas familias son trabajadoras y recursivas. Así somos los colombianos.
Lo que el documental me deja como lectura profunda es que la pobreza está íntimamente ligada a la imposibilidad de elegir. Imposibilidad de elegir estudiar o no, de vivir en el campo o en la ciudad, de comer una cosa u otra, de proyectarse hacia tal o cual futuro. En medio de la pobreza, elegir se reduce con demasiada frecuencia a la aceptación resignada de la vida que tocó. Y cuando se elige, es un salto al vacío: lo elegido cambia totalmente el juego y puede ir en contra de lo que realmente se quiere, como ocurre con las dos jóvenes que quedaron embarazadas. En la pobreza, el costo de equivocarse no es una lección: es una condena.
A pesar de esa imposibilidad de elegir el documental no es determinista e ilumina dos aspectos. El primero es la tenacidad mental: la capacidad de sobreponerse a la pobreza sin convertirla en excusa. Doña Mildrey lo encarna con claridad: sus cuatro hijos fueron su motor, no su lastre. Trabajó incansablemente hasta llegar al Ministerio de las TIC, ella misma decía tenerle miedo a los computadores. El segundo rasgo es el enfoque: tener desde temprano una idea clara de lo que se quiere ser. Anyi Paola y el propio director, Andrés Ruiz, son ejemplo de ello; la pobreza no borró esa brújula interna.
Vale matizar: esto no equivale a decir que la pobreza no aplasta sueños, porque por supuesto que sí lo hace. Lo que quiero resaltar es que la tenacidad mental apareció en el documental como un rasgo determinante del carácter para no dejarse vencer por la desigualdad y la carencia. Pues la pobreza, como bloqueadora de la elección, engendra un miedo paralizante que constriñe toda posibilidad de buscar otros caminos. Quienes logran sobreponerse a ese “imposible” son los que le plantan cara a la pobreza para que esta no tenga la última palabra, como vimos en el documental se salen de su lugar conocido, cambian de contexto, conocen nuevas personas y no pierden de vista su motivación. ¿Suficiente? No. ¿Necesario? Sin duda. Porque la actitud y propósito sí contribuye a salir del fango.
Queda sin resolver, sin embargo, la pregunta más incómoda: ¿dónde está el Estado? y las políticas públicas que propicien la movilidad social. No pueden limitarse a subsidios momentáneos e insuficientes —como los quinientos mil pesos mensuales para madres cabeza de hogar, que no alcanzan para transformar nada—. Lo que se necesita son ofertas estructurales, acompañadas de cooperación real con la empresa privada, que generen empleo genuino y devuelvan a la gente lo que la pobreza les ha arrebatado: la posibilidad de elegir.