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Versocracia

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Se defiende lo que genuinamente se cree

16 de marzo de 2026 · Por Dora Zuluaga

Se defiende lo que genuinamente se cree
El otro no es un enemigo, sino alguien que defiende sus causas con la misma convicción que nosotros.

Esta semana he estado reflexionando sobre los sistemas de creencias que configuran nuestra manera de ver el mundo.

Pienso, por ejemplo, en una persona que se identifica con la derecha política y en otra que se reconoce en la izquierda. Cada una, desde su propia comprensión de la realidad, está convencida de que su perspectiva es la correcta.

Pienso también en quien cree en Dios y en quien se declara ateo; ambos, desde horizontes distintos, consideran que su postura se encuentra del lado de la verdad.

Lo mismo ocurre entre liberales y conservadores, entre quienes defienden posturas que, aun siendo opuestas, son sostenidas con la misma convicción.

Así, la realidad aparece atravesada por múltiples dicotomías: perspectivas contrapuestas que, sin embargo, comparten algo fundamental: cada una se asume a sí misma como verdadera mientras considera que la contraria se encuentra en el error.

Más allá de estas tensiones, lo que verdaderamente me inquieta es el proceso interno mediante el cual una persona llega a situarse en un lado u otro. Porque, en el fondo, nadie defiende aquello que no considera verdadero. Defender una idea implica haberla aceptado previamente como válida, haber atravesado un proceso íntimo de convicción que la convierte, para quien la sostiene, en una forma legítima de comprender la realidad.

Resulta difícil imaginar a alguien defendiendo una causa, una creencia o una perspectiva si antes no ha llegado a considerarla verdadera. En ese sentido, la creencia no surge simplemente como una opinión más, sino como el resultado de una adhesión interior: primero aceptamos algo como verdad y, a partir de ahí, lo defendemos.

El asunto se vuelve más complejo cuando advertimos que cada persona cree genuinamente habitar el territorio de la verdad, mientras que quienes piensan distinto son ubicados en el “lado equivocado” o catalogados como quienes están “en el error”. Es allí donde emergen las tensiones entre las distintas formas de interpretar el mundo, pues cada individuo asume que el lente con el que observa la realidad es el más fiel a ella.

Esta constatación me lleva a pensar en la importancia de cultivar una disposición distinta frente a quien piensa diferente. Si partimos de la buena fe del otro y comprendemos que sus convicciones también nacen de una creencia genuina —porque solo defendemos aquello que consideramos verdadero— entonces la diferencia deja de percibirse como una amenaza.

En lugar de ver al otro como un adversario al que derrotar o desacreditar, podríamos reconocerlo como alguien que defiende sus causas con la misma convicción con la que nosotros defendemos las nuestras.

Quizás sea desde esa comprensión —desde el reconocimiento de la sinceridad que habita en las convicciones humanas— que podamos aspirar a construir sociedades más pacíficas y más tolerantes. Sociedades en las que, aun en medio de las diferencias, seamos capaces de reconocernos mutuamente, aceptar que no todos tienen que pensar igual que nosotros y, sobre todo, aprender a edificar lo común a partir de aquello que todavía compartimos.