creaciones
Antonieta
13 de junio de 2026 · Por Luis Sendoya · 3 min
Anochecía en la calle Arteaga, una vía amplia de adoquines manchados con excremento de palomas, sombreada por árboles de copa angosta. De todas las casas que destacaban por la calidez del terracota, la número 29 contrastaba porque era un cascarón sin vida. Martín González descendió de un taxi y atravesó el patio lateral que acumulaba hojarasca y hierba en las rendijas del andén. Encorvado por el peso de su gabardina y con el cuello cubierto con lana gruesa, forzó la cerradura de la puerta con una vieja llave oxidada. Entró dando un portazo y lo envolvió un olor terroso. Sacó el pañuelo del bolsillo y contuvo la respiración mientras se adaptaba al silencio de la casa.
Intentó sin éxito encender la bombilla de la sala. Extendió los brazos para prevenir accidentes, pero tropezó con el borde de la mesa de centro. Siguió redescubriendo ese espacio mientras un espasmo ascendente le recorría la pierna. Al final del pasillo, se filtraba la luz de la calle por las rendijas de una ventana rota. A su derecha estaba la escalera que conducía a la habitación principal. Sus pulmones se contrajeron y el frío adormeció sus articulaciones. En el centro había una cama matrimonial carcomida por termitas. Una sábana grisácea ocultaba un colchón rasgado por delante.
Sentado sobre el borde de la cama observó la mesa de noche. Había un baúl mediano de color caoba y un portarretrato de una pareja en el altar. Besó ese rostro femenino que sobresalía. De nuevo sacó el pañuelo y frotó aquellos ojos vidriosos. Se dirigió hasta el baúl. Encontró el revólver y una culebrilla le recorrió la espina dorsal. Lo olfateó y lo invadió el olor a pólvora mojada. Presionó el pestillo de liberación y empujó el cilindro hacia afuera: un cartucho. Se persignó y clavó su quijada hacia el crucifijo que colgaba en la pared de yeso.
El murmullo callejero llamó su atención. Se acercó hacia el marco de la ventana. Abrazó las cortinas y las recogió con un alzapaño metálico. Desabrochó los botones con manos temblorosas y se quitó la gabardina. Observó a un joven distraído que paseaba un perro de manchas negras y blancas. Vio también un gato que merodeaba una bandada de palomas en el antejardín. Martín sacudió con brusquedad la cabeza. Llenó sus pulmones de aire y lo contuvo mientras sentía una espina en la garganta. El cristal reflejaba su rostro dentro de la boca del arma. El perro de manchas se contrajo tras el ruido seco y arrastró a su amo hacia la otra acera. Unos amantes se asomaron desde la casa de al lado pero no vieron nada.